Martin Mulligan
El corrido mexicano puede leerse como un largo archivo de personajes que han encarnado distintas formas de transgresión y poder. Desde el bandido decimonónico hasta las mujeres que alcanzan posiciones de mando en el narcotráfico contemporáneo, sus protagonistas se transforman junto con las condiciones económicas, territoriales y tecnológicas que los producen. Esta genealogía permite identificar una secuencia —bandido, narcotraficante, sicario, narcojúnior y mujer-agente— que no supone la desaparición de un personaje cuando surge el siguiente. Por el contrario, cada nueva figura conserva y reformula elementos de las anteriores. El narcocorrido funciona así como memoria popular de esas mutaciones.
El primer personaje de esta genealogía es el bandido. Durante el siglo XIX, el corrido convirtió al bandido fronterizo, al bandido bondadoso y al valiente en protagonistas de una historia popular alternativa. Frente a la autoridad estatal, estos personajes podían adquirir una dimensión heroica precisamente porque transgredían el orden. La gavilla, el enfrentamiento con las fuerzas gubernamentales, la venganza y la muerte violenta conformaron un repertorio narrativo que sobreviviría mucho después de desaparecer las condiciones históricas que originalmente lo habían producido. El corrido conservó esos arquetipos y los trasladó hacia nuevos sujetos.
Durante el siglo XX, uno de ellos fue el narcotraficante. La frontera entre México y Estados Unidos adquirió entonces una importancia fundamental. El contrabandista y posteriormente el traficante de drogas ocuparon el espacio narrativo del antiguo bandido. El narcotraficante aparece todavía asociado a la picaresca: cruza fronteras, evade autoridades, transporta mercancías prohibidas y prospera gracias a su capacidad para burlar la ley. Esta figura terminaría articulándose con la expansión comercial de la música norteña y con la consolidación de una franja cultural entre Sinaloa y California.
La llamada guerra contra el narcotráfico produjo, sin embargo, una transformación decisiva. A partir de 2008, el corrido del pícaro narcotraficante cedió terreno ante un retorno de la épica, provocado por la intensidad de la violencia y la guerra entre organizaciones criminales. El sicario pasó entonces al primer plano. Manuel Torres Félix, “El Ondeado”, permite observar esta mutación: su saga recupera tres arquetipos del bandido decimonónico —el jefe de gavilla, el vengador por desquite y el hombre valiente que enfrenta una muerte violenta—, pero los inserta dentro de una máquina de guerra contemporánea. El antiguo valiente reaparece convertido en operador de una violencia necropolítica capaz de administrar territorios, cuerpos, vida y muerte.
Pero esta representación tampoco permaneció estable. Rodrigo Aréchiga Gamboa, “El Chino Ántrax”, introduce al narcojúnior, un personaje urbano y cosmopolita que desplaza parcialmente la brutalidad explícita del sicario. Su historia es presentada como una forma de meritocracia: sin ser hijo de un capo, asciende desde posiciones inferiores hasta incorporarse al círculo privilegiado del narcotráfico sinaloense. Poder, disciplina, consumo, viajes y glamour conforman una nueva “estética de la acumulación”. Además, el personaje ya no depende exclusivamente del corrido para construir su biografía: Instagram y otras redes sociales le permiten convertirse en productor de su propia imagen. El héroe corridístico entra así en la era de la autorrepresentación digital.
La mujer-agente introduce otra ruptura. Tradicionalmente, las mujeres habían aparecido en la narcocultura subordinadas a personajes masculinos y representadas mediante categorías como madre-esposa, amante o buchona. Sin embargo, el ascenso de mujeres como sicarias, operadoras o patronas obliga al corrido a negociar con una mujer que ya no ocupa únicamente la periferia del poder. Corridos_en_la_guerra_contra_el… El corrido “En la sierra y la ciudad (La China)” resulta particularmente significativo: presenta una mujer situada en una posición elevada de la estructura del narcotráfico y revestida de la hiperfeminidad de la buchona, pero evita convertirla en una réplica femenina del sicario sanguinario. Su poder se articula mediante la picaresca, el anonimato y las “tretas de clandestinidad”.
La genealogía, por tanto, no describe una evolución lineal hacia personajes cada vez más violentos. Describe mutaciones en las formas de representar el poder. El bandido desafía; el narcotraficante evade; el sicario ejerce la violencia; el narcojúnior exhibe y administra su imagen; la mujer-agente combina poder y clandestinidad dentro de un espacio históricamente masculino. Incluso cuando cambia el protagonista, permanecen viejos sedimentos de la picaresca, la épica, el valiente y el bandido.
De esta manera, la historia del narcocorrido puede leerse también como la historia de sus personajes. Cada uno revela una forma distinta de relacionarse con el Estado, la violencia, el territorio, el consumo y la visibilidad. El corrido no solo canta sus vidas: registra las transformaciones culturales del poder que hicieron posible imaginarlas.


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